La salida del “closet” …depende en gran medida de cómo se ha entrado
Por el Lic. Sergio C. Zucca - 4384-1231/ sergiozucca@datafull.com
¿Homosexualidad u homosexualidades? ¿Qué hay que esconder?
La vivencia del “closet” es, sin lugar a dudas, una experiencia difícil y penosa para muchas y muchos de aquellos que, figurando encarnar las homosexualidades predicadas (performativizadas diría Butler), nos ha tocado contradecir cierta semiótica de la diferencia sexual construida en nuestra rancia cultura moderna. Digo (homo)sexualidades y no “La Homosexualidad” (dudo que exista “el homosexual”, en tal caso hay tantas maneras, tanta diversidad de homoerotismo como de sujetos) como también me refiero a (hetero)sexualidades, masculinidades, feminidades, y… claro está, sería más justo, si sólo se hablara de sexualidades a secas. Estas categorías o taxonomías “no son –tal como lo expresara R. Barthes para la locura- objetos de conocimiento cuya historia y esencia deban ser descubiertas, más bien ellas mismas no son otra cosa que ese conocimiento mismo”; son el correlato propio de una práctica discursiva que produce ciertos regímenes de verdad, reedificados con pretensiones naturalistas. Creo que sin reparar del todo en sus efectos, aún hoy, algunos de quienes nos alistamos por los derechos a la diversidad seguimos favoreciendo esas mismas taxonomías cientifisoides –ahora propias- con el repertorio siempre extensible del vocablo GLTTTBI... que en un mismo movimiento, pretende desnudar una identidad y congelar el insubordinable fluir de lo sexual. Tengo la impresión que esta cartografía sexual esconde nuevas desigualdades y exclusiones ahora dentro y por el colectivo mismo que se pretende hermanado. En este sentido, hablar de homosexualidades o mejor aún de lo queer me parece más aceptable.
En la construcción de discursos de la Scientia Sexualis hay algo que se retuerce sobre sí, algo que se encrespa y enreda en aprioris, prejuicios, preconceptos, incoherentes todos ellos, pero que, lejos de incapacitarlos se refuerzan en su poder, puesto que operan estratégicamente por medio de esas mismas contradicciones lógicas. Estos rótulos sexuales que, poco importa ahora si nos los ponen o nos los ponemos, renuevan la homofobia social y la introyectada (acaso la peor). Si, lo sé, estas distribuciones y nominaciones –me dirán- sirven a una causa más pragmática, urgente, que es la política articulada a la lucha por los derechos de las minorías... También esto es cierto. Se trata de la diferencia a veces intangible entre lo urgente y lo importante.
Exiliados adentro:
¿Y qué sucede cuando la diversidad –la cualidad más inherente hallada en lo “natural”- no es aceptada?. Pues como todo lo que perturba, se oculta.
Así, el placard, el armario, se esgrime como el producto de complejas relaciones de poder. Es el arma, el armazón, el artefacto o el artificio para ocultar aquello que no se ajusta al imperativo sexista de la “bi-sexualidad”, de dos sexos disociados (sexo proviene de secare que significa cortar, dividir). El armario es el lugar para poner fuera de la vista aquello que hay que guardar, esto es, que hay que conservar oculto, cuidado y vigilado (en guarda). No se debe olvidar que vergüenza proviene de la misma familia de vocablos. La táctica heterosexista sea, tal vez, imponer la condición del secreto a lo homosexual con el fin de exponerlo mejor y así tutelarlo.
Eve K. Sedwick en su “epistemología del armario” lo explica claramente cuando dice que es el lugar de una contradicción imposible: si estás adentro nunca estarás seguro de haber logrado mantener tu secreto (nunca sabrás si te tratan como hetero porque los has engañado o porque te siguen el juego gozando del privilegio que les confiere tu ignorancia acerca de que ellos ya lo saben) y si estás afuera, aquellos que antes intentabas burlar, hoy insisten en prescribir tu sexualidad como un secreto al que tienen un acceso especial.
En relación a ello, se va conformando una modalidad homoerótica, diría más, una homocidad marcada por la soledad, la vergüenza, el encierro, el secreto y la culpa.
Mientras en general se pone el acento en la salida del placard como forma de redención, emancipación y reapropiación salutógena del sí mismo, yo he puesto además la mira, entre quienes me consultan, en el modo singular del ingreso al mismo. Entiendo que tal entrada, distinta en cada sujeto, conforma maneras diversas de padecimiento; lo cual determinan igualmente las posibilidades o dificultades de desvincularse con ese lugar de aislamiento y de ocultamiento históricos. En este compromiso de develamiento terapéutico no son pocas las veces que surgen, luego de un tiempo, imágenes condensadoras, recuerdos olvidados (encubridores) de un punto de fractura, de un antes y un después en las vivencias y permisos en las modalidades de la erótica y del deseo. Muchas personas pueden recordar –si la represión operante no es enérgica- un momento en la infancia (algunos lo sitúan primero en torno a la pubertad para darse cuenta luego que había otro inaugural) a partir del cual aquello que sentían y disfrutaban comenzó a estar de pronto proscripto; a partir de allí hubo que callar y ocultar entendiéndose que estos deseos estaban reprobados y acarrearían la pérdida del amor de los padres y demás seres significativos. He ahí la entrada al closet. Encerrona trágica que nunca debió haber ocurrido.
Hagan la experiencia ustedes mismos, vean si pueden evocar y reconstruir, en relación a aquel infante que fueron, recuerdos, imágenes y sentimientos que habiendo sido placenteros inicialmente, mudaron a vergonzantes sin más. ¿Qué representaciones de lo homosexual fueron adquiriendo a partir de allí? La exploración resulta muchas veces reveladora. |